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Rusia vuelve a la escena internacional

«Mientras que las revelaciones sobre el sistemático espionaje a sus aliados incomodan a Washington, Moscú consigue éxitos en la escena internacional (caso Snowden, cuestión siria). Heredera de una diplomacia temida pero debilitada tras la caída de la URSS, Rusia considera haber recobrado, al fin, su rango de gran potencia.» [Tradución del artículo aparecido en la edición francesa de Le Monde diplomatique, noviembre de 2013.]

En el transcurso de los últimos meses, el presidente ruso Vladímir Putin ha conseguido dos importantes éxitos en la escena internacional. En el mes de agosto, ofreció asilo al informático americano Edward Snowden, autor de las clamorosas filtraciones en los sistemas de vigilancia digital de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Entonces pudo jactarse del hecho de que Rusia era el único Estado capaz de resistir a las exigencias de Washington. Incluso la misma China se escabulló, seguida por Venezuela, Ecuador y Cuba, que multiplicaron las evasivas.

Paradójicamente, las presiones ejercidas por el vicepresidente Joseph Biden y por el presidente Barack Obama ante los gobiernos tentados de acoger al joven americano contribuyeron indudablemente al éxito de Putin. Washington actuó como si Snowden representara un riesgo de seguridad casi comparable al que encarnaba el dirigente de Al-Qaeda, Ossama Bin Laden. Incluso consiguió de sus aliados que prohibieran su espacio aéreo al avión del presidente boliviano Evo Morales [1], sospechoso de transportar al informático. Tal ambiente contribuyó a poner de relieve la audacia de Putin, tanto en la escena política rusa como en la internacional. En Moscú, numerosos opositores saludaron este gesto en nombre de la defensa de los derechos y las libertades civiles.

Pero el verdadero éxito de Putin, de un alcance superior, lo consiguió con la cuestión siria. Gracias a la promesa que arrancó a Bachar el Asad de destruir, bajo control internacional, todas las armas químicas de su país, Obama decidió, en efecto, renunciar, "provisionalmente", a los bombardeos punitivos que planeaba. Hasta ese momento, la Casa Blanca había amenazado a Rusia de aislamiento, vilipendiándola por su apoyo al régimen de Damasco y su oposición a toda sanción de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Entonces Putin aparece hoy como el estadista que consiguió evitar una expedición militar de temidas consecuencias. Además, su victoria fue facilitada por los malos cálculos de la administración americana. Tras haber soportado el rechazo del Reino Unido a asociarse en la operación que preveía, Obama estaba a punto de conocer su segundo fracaso, de consecuencias imprevisibles, en su tentativa de obtener el aval del Congreso americano.

Aunque "increíblemente limitadas«, según los términos del secretario de Estado, John Kerry [2] el 9 de septiembre, las represalias militares a las que se había adherido por razones de credibilidad le repugnaban de manera evidente. Inmediatamente después del acuerdo hecho posible por Putin, el periódico Izvestia titulaba así. «Rusia acude en ayuda de Obama» (12 de septiembre de 2013).

De forma prudente, el presidente ruso se guardó de manifestar la misma ironía triunfalista que sus turiferarios. Al unísono de su diplomacia, ve, en los últimos acontecimientos, un signo de los tiempos y una ocasión histórica a no malgastar de ninguna manera. A tal punto, que si Snowden hubiera llegado a Moscú en octubre, tras el reforzamiento de las relaciones, en lugar de en julio, seguramente no habría podido quedarse.

Desde hace dos años, la actitud de Rusia en el conflicto sirio pone en claro, a la vez, sus temores y sus frustraciones, pero también sus objetivos y sus ambiciones a largo plazo en la escena internacional. Al mismo tiempo, aclara los problemas a los que Putin debe hacer frente en el escenario interior.

Las dos guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999-2000) dejaron numerosas secuelas. Aunque los atentados contra las fuerzas del orden no tengan la misma amplitud ni ocasionen tantas víctimas, siguen siendo frecuentes en el Cáucaso Norte y se extienden como una mancha de aceite, en particular en Daguestán y en Ingushetia, incluso si los enfrentamientos y crímenes que allí se observan tienen más que ver con el bandidismo que con la política. Los grupos militantes chechenos están menos coordinados, más dispersos, pero siempre presentes. Dos atentados sin precedentes golpearon en julio de 2012 Tatarstán, bastante lejos, sin embargo, del Cáucaso Norte. Y el dirigente clandestino checheno, Doku Yumárov, que se proclamó emir del Cáucaso, ha prometido dar un golpe durante los Juegos Olímpicos de Sochi, en febrero de 2014.

Sentimiento de relegación

A semejanza de observadores americanos como Gordon Hahn, investigador del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) en Washington [3], una gran parte de la prensa rusa considera que varios cientos de militantes provenientes de Rusia combaten en Siria contra el régimen. Lo que podría explicar la prolongación de las entregas de armas al gobierno de Al-Assad.

Para Putin y su entorno, una debacle del ejército sirio haría de este país una nueva Somalia, pero con muchas más armas, en una región mucho más peligrosa y susceptible de ofrecer una base en la parte posterior a los combatientes que operan en Rusia. Se necesitó tiempo para que se comenzara a compartir estos temores con Washington.

Por lo que se refiere a las apuestas de política internacional, los objetivos rusos en el conflicto sirio a menudo se han reducido a la conservación de Tartus —la única instalación (más que base) militar naval de Rusia en el Mediterráneo— y al mantenimiento en el poder de uno de sus clientes en el mercado de armamento. Sin ser totalmente despreciables, estas consideraciones no explican la obstinación de Moscú que, sobre todo, busca recobrar un lugar y un papel en el orden internacional postsoviético.

Desde 1996, al hacerse cargo del ministerio de Asuntos Exteriores el académico Evgueni Primakov, mucho antes de la llegada de Putin (hecho presidente en 2000), un consenso se instaló en el seno de las élites políticas. Y no ha dejado de reforzarse desde entonces: los EE UU buscan impedir la reemergencia de Rusia como potencia de cierta importancia. Los partidarios de tal análisis ven la prueba de ello en las sucesivas ampliaciones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia los países bálticos y a varios países del Este, y en la voluntad americana de incluir en ella a Georgia y a Ucrania, en violación de las promesas hechas a Mijail Gorbachov para arrancar su consentimiento a la integración de la Alemania unificada en la organización. Washington, afirman los diplomáticos rusos, han buscado deshacer la influencia de su país hasta en la región de sus intereses más legítimos.

Para el Kremlin, la elusión del Consejo de Seguridad por parte de los Estados Unidos y sus aliados para la imposición de sanciones internacionales y, más todavía, para las dos guerras como las de Kosovo, en 1999, y la de Irak, en 2003, constituye una forma de evitar toda negociación sobre una base complaciente para Washington en una responsabilidad marginal a los intereses rusos. Moscú expresa una profunda aversión con respecto a las operaciones militares exteriores y, peor, a los cambios de régimen orquestados sin el aval del Consejo de Seguridad.

Oponiéndose a toda operación contra Siria, Rusia invocó constantemente el precedente libio de 2011. Se abstuvo durante la votación de la resolución 1.973 cuyo fin proclamado era el de proteger a las poblaciones pero que fue desviado para justificar una intervención militar y la caída de Muammar Gadafi. En ese tiempo, Dmitri Medvédev era el presidente y el Kremlin apostaba por un nuevo periodo en sus relaciones con la Casa Blanca.

En Moscú predomina hoy una visión de los asuntos internacionales esencialmente geopolítica, antigua tradición en Rusia. Desde 1996, el objetivo central y oficial de la política exterior es el de reforzar la tendencia a la multipolaridad en el mundo, a fin de reducir gradualmente el unilateralismo americano. Realista en cuanto a a las capacidades actuales e incluso futuras de su país, Putin —como Primakov antes que él— considera que Rusia necesita de socios para avanzar en esta vía multipolar.

China se ha convertido, así, en el primero de sus socios estratégicos y el que tiene más importancia. El acuerdo de los dos países en el Consejo de Seguridad es permanente, especialmente en la cuestión siria, igual que lo fue en las de Irán, Libia o en la guerra de Irak en 2003. Más paciente y más confiado en sus medios, Pekín deja a Moscú ocupar la escena en la defensa de sus posiciones comunes. De ahí, entonces, la sacralización por el Kremlin del Consejo de Seguridad como el único lugar legítimo para los arbitrajes políticos internacionales.

Desde el inicio de esta asociación, los analistas occidentales predicen un enfriamiento cercano, en razón de los temores de las élites rusas frente al peso demográfico y económico de China. Sin embargo, la cooperación no ha dejado de aumentar, tanto en el terreno económico (exportación del petróleo y de armamento rusos), como en el político (acuerdo en el seno de la Organización de Cooperación de Shangai [4]) y el militar: casi cada año tienen lugar maniobras y ejercicios conjuntos que implican a las fuerzas aéreas, terrestres y navales.

Reequilibrar el orden mundial

Existen, ciertamente, zonas de fricción, como por ejemplo en el tema del comercio con los países del Asia central postsoviética donde, desde 2009, China ha superado a Rusia. Pero, hasta el presente, Pekín ha respetado allí la primacía de los intereses geopolíticos de su vecino y no busca implantar bases allí. Reconocía la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) entre Moscú y la mayoría de los Estados de la región [5]. En cambio, a pesar de las repetidas demandas del Kremlin, que quiere una cooperación entre la OTAN y la OTSC como marco de cooperación en torno a Afganistán, los Estados Unidos siempre han rehusado, prefiriendo tratar todos los problemas separadamente con cada Estado, como la instalación de bases o el tránsito para el avituallamiento de sus tropas.

Putin no busca una competición en todas direcciones con los Estados Unidos para la que, a todas luces, no tiene los medios. Cierto que cada uno acusa al otro de adoptar una mentalidad de guerra fría para crear confusión. Pero cuando Rusia se regocija de los sinsabores internacionales de Washington es más por despecho que por espíritu de revancha. Así, no desea un fracaso de los Estados Unidos en Afganistán ni la retirada precipitada de este país. En cuanto al enfrentamiento en el tema sirio se trata, primero y ante todo, de las reglas del juego internacional. Rusia busca un reequilibrio del orden mundial que hiciera repartir sus relaciones con los Estados Unidos y el mundo euro-atlántico sobre una nueva base; lo que tampoco impide una competencia feroz en el ciertos sectores donde está bien equipada: así, tiene grandes posibilidades de ver su proyecto de gasoducto South Stream superar al proyecto Nabucco, apoyado por Washington [6].

¿Ha sonado la hora para el gran reequilibrio obstinadamente buscado por el Kremlin? ¿Su ambición de volver a encontrar un papel distinto al de subalterno, estaría a un paso de realizarse? El éxito de Putin en la cuestión siria deja entrever este sentimiento —o quizá esta ilusión— de que la multipolaridad estaría camino de imponerse a Washington. La defección del Reino Unido, incondicional aliado de los Estados Unidos, sería un signo de los tiempos, igual que los debates que le siguieron en la cumbre del G20 en San Petersburgo, donde se expresó con fuerza una oposición a toda aventura militar en Siria [7]. La aversión que se manifestó en el Congreso americano sería otro.

Para los analistas rusos más serios, no hay que apostar por los neoaislacionistas del Congreso sino por el Obama de la primera época, es decir por el que quiere no una falta de compromiso americano desestabilizador, sino una desactivación de los conflictos más peligrosos sobre la base de compromisos internacionales. Ahora bien, los dos conflictos más amenazadores son los —estrechamente ligados— que afectan a Siria y a Irán, a cuya solución estima Rusia poder contribuir cumplidamente.

El acercamiento entre Washington y Moscú en la cuestión siria comenzó antes del espectacular cambio de septiembre. En mayo de 2013, Kerry dió su conforme a su homólogo ruso al proyecto de una conferencia internacional dedicada al futuro de Siria, mientras seguía exigiendo la salida de Al-Assad. En la cumbre del G8 de junio, en el Lago Erne, en Irlanda del Norte, se retrasó una declaración conjunta sobre Siria para obtener el aval de Putin. La aceptación por Al-Assad de abandonar sus armas químicas, si se confirma, dará al dirigente ruso un legitimidad ante los cancilleres occidentales.

Ya desde hace unos meses, Moscú insiste para que Teherán participe en la conferencia internacional prevista. Hasta ahora, acuciados por Israel, Estados Unidos ha rehusado. Es por lo que se esfuerza en activar el diálogo emprendido entre Obama y el nuevo presidente iraní, Hassan Rohani. Incluso un principio de compromiso sobre la cuestión nuclear facilitaría una dinámica de conjunto. Por otra parte, Moscú se afana en reforzar sus relaciones con Irán, que se habían degradado tras su adhesión a las numerosas sanciones solicitadas por Washington en el Consejo de Seguridad en 2010. Cuando había anulado la entrega a Teherán de los misiles de defensa antiaérea S-300.

En 2001, una ocasión fallida

No es la primera vez que Putin busca establecer una relación fuerte con los Estados Unidos, sobre la base de una igualdad, al menos relativa. Se vio en los ataques de septiembre de 2001, cuando había creído ver abrirse una ventana. Sin condiciones previas, facilitó la instalación de bases militares en sus aliados de Asia central para la guerra de Afganistán. Y para significar su voluntad de ir todavía más lejos en esta distensión, hizo cerrar las últimas instalaciones militares soviéticas de vigilancia en Cuba (poco importantes, es cierto). Pero en los meses que siguieron, George Bush dio luz verde a la entrada de las tres repúblicas bálticas en la OTAN y anunció la retirada americana del tratado de defensa antibalístico (ABM), que limitaba estrictamente las armas de defensa antimisiles. La calma había llegado a su fin. Putin consideró que es posible, en lo sucesivo, volver a una cooperación más fructífera.

Sin embargo, una hipoteca importante influye n las posibilidades de tal evolución: depende de los asuntos internos rusos. Desde su vuelta a la presidencia rusa en 2012, en un contexto de manifestaciones de oposición popular de gran amplitud en Moscú, Putin, para asentar mejor su poder, cultiva el antiamericanismo como un componente del nacionalismo ruso. Se ve especialmente en las nuevas leyes que obligan a las organizaciones no gubernamentales (ONG) rusas que reciben financiación exterior, por baja que sea, a declararse que están al servicio de intereses extranjeros. Se encuentra aquí un rastro de su formación en el KGB, que le lleva a ver las maniobras e influencias exteriores como la causa esencial de sus problemas interiores y como factores de inestabilidad política. Una agravación o, al contrario, una corrección del déficit de legitimidad de su poder, influirá forzosamente en la realización de sus ambiciones personales. [8]

Jacques Lévesque, doctor en ciencia política y profesor en la universidad de Québec, Montreal.
Autor del ensayo "Le retour de la Russie" (Varia, Montréal, 2007)
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La plaza de Smolensk, una élite entre la nostalgia y la ambición

Desde el fin de la Unión Soviética, el prestigio del que disfrutaban los diplomáticos rusos se ha marchitado. El reino de Vladímir Putin les ha hecho recobrar las esperanzas.

Construido inmediatamente después de la «gran guerra patriótica» (1941-1945), el edificio de veintisiete pisos que alberga el ministerio de Asuntos Exteriores en Moscú recuerda, por su arquitectura tan pomposa como maciza, el pasado de superpotencia de Rusia. En el momento de su construcción, que duró desde 1948 a 1953, la aventura comunista ganaba terreno. La actividad diplomática de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se desplegaba en todos los frentes.

Trabajar en Asuntos Exteriores representaba entonces el plan de carrera más prestigioso que había. Los candidatos eran escogidos de entre los que eran ilustres por sus calificaciones escolares y por su implicación en las juventudes comunistas. Formados en la academia diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores (fundada en 1934) o en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (fundado en 1944) tenían un excelente conocimiento de idiomas, lo que era rarísimo en otros ministerios.

Sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia
Sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia. Imagen: ru.wikipedia.org.

Seguro que el acceso al mundo exterior era excitante. Pero, quizá, no tanto por la impresión de jugar un papel central no sólo para la patria soviética, ampliamente confundida con Rusia, sino también para la humanidad entera. Pues entonces se creía que la suerte de la revolución mundial dependía de Moscú. Después de haber sufrido durante tanto tiempo un complejo de inferioridad frente a Europa ¿cómo, para un diplomático, no ser nostálgico de una notoriedad internacional de la Rusia de esa época?

Si el peso de la herencia arquitectónica staliniana contribuyó, sin duda, a alimentar los reflejos rusófobos durante la guerra fría, no indispuso a la élite nacional occidentalista favorable al desmantelamiento del poder soviético. En el momento en el que Mijail Gorbachov dimitía de su cargo de presidente de la URSS y devolvía a Boris Yeltsin el maletín nuclear, el 25 de diciembre de 1991, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Andrei Kozýrev, ya se había instalado con sus colaboradores en el rascacielos de la plaza de Smolensk. En virtud de un ucase firmado el 18 de diciembre de 1991, la República Socialista Federal Soviética de Rusia, ponía las manos en el conjunto de embajadas y representaciones soviéticas en el extranjero.

Después de haber actuado como sepultureros de la URSS, los dirigentes rusos asumían plenamente, pues, su continuidad diplomática. Al mismo tiempo, deseosos de ser admitidos en el seno de lo que ellos llamaban el «mundo civilizado», tranquilizaban a las cancillerías occidentales afirmando que Rusia retomaría todas las obligaciones derivadas de los tratados internacionales, especialmente en materia de desarme. Por una simple carta del 24 de diciembre y dirigida al Secretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el presidente Yeltsin avisó que su país ocuparía en adelante el puesto de la URSS en el Consejo de Seguridad, como si no hubiese duda.

También notable: es por una corta nota verbal transmitida el 2 de enero de 1992 a los jefes de las misiones diplomáticas en Moscú que el ministro Kozýrev pidió a los gobiernos extranjeros considerar, en lo sucesivo, a los representantes soviéticos acreditados en su país como los de la Federación de Rusia colocando, de golpe, en una situación muy embarazosa a los no-rusos que todavía trabajaban en las embajadas y en los consulados de la exURSS.

Al principio, Kozýrev deseaba acelerar el acercamiento con Occidente iniciado por Gorbachov, llegando hasta evocar una posible adhesión de Rusia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y a negar la existencia de la menor contradicción entre los intereses rusos y los de las democracias liberales. Pero este desenfrenado romanticismo dejaba muy escéptico al aparato diplomático formado tanto —sino más— en la realpolitik como en el marxismo-leninismo, ampliamente compatibles por otra parte. Por instinto, el presidente Yeltsin no confiaba en Kozýrev; denunció, incluso públicamente la incompetencia del ministro de Asuntos Exteriores en el ejercicio de su nueva misión.

En un contexto de estrecheces presupuestarias, el prestigio asociado a los servicios diplomáticos disminuyó considerablemente. Entre 1991 y 1993 Rusia eligió cerrar 36 embajadas y consulados. Mientras que había que crear nuevos departamentos para gestionar las relaciones con los Estados periféricos salidos del eximperio, el ministerio padecía en proveer los cargos. Siendo muy solicitado el conocimiento de idiomas europeos por las empresas extranjeras instaladas en Rusia, muchos empleados de los servicios diplomáticos, seducidos por las condiciones de trabajo más atrayentes ofertadas en la privada, abandonaron el barco.

Si el carácter desconcertante de la política internacional ultraoccidental del ministro de Asuntos Exteriores no contribuía a motivar a las tropas, la sucesión de humillaciones internacionales que soportó Rusia a lo largo de la década de los 90, continuó empañando el blasón de la profesión. En la lucha con una caída de la actividad económica de en torno al 40% entre 1990 y 1999, las fuerzas que se proclamaban las más democráticas de la historia de Rusia habían perdido una gran parte de su crédito.

Desde Iván el Terrible

El nombramiento de Evgueni Primakov para el cargo de ministro de Asuntos Exteriores, en enero de 1996, significó un cambio frente a la conquistadora Alianza Transatlántica. Su prestigiosa carrera académica como especialista del mundo árabe y director del Instituto de Economía y Relaciones Internacionales era, por supuesto, más importante que su papel tardío a la cabeza de la exprimera dirección general del KGB, cargo que aceptó a petición de Gorbachov, tras el intento de golpe de Estado de agosto de 1991. No obstante, que el jefe del servicio de información exterior tome la dirección del ministerio estaba cargado de sentido. El respeto que imponía con su visión clásica de la realpolitik y su llamada a la construcción de un orden multipolar dejo una huella duradera.

Yeltsin era, sin embargo, muy desconfiado hacia su ministro como para darle toda la libertad en el manejo de la política exterior. No sólo no deseaba comprometer el acercamiento con el Oeste, que tanto había favorecido, sino que temía la simpatía, de la que se beneficiaba su ministro en comparación a muchos de sus opositores, por haber reorientado la línea de su predecesor.

A guisa de concesión a la oposición, el presidente nombró a Primakov para el cargo de primer ministro el 11 de septiembre de 1998, pero le destituyó de todas sus funciones poco tiempo después, el 11 de mayo de 1999, con gran satisfacción de los oligarcas —con Boris Berezovski a la cabeza— que no tenían ninguna influencia sobre Primakov.

Si se examina la situación actual del aparato diplomático según del rasero de los primeros años de la era yeltsiniana, ni que decir tiene que el cuadro parece menos sombrío. La llegada al poder de Vladímir Putin marcó el inicio de una impresionante reconstrucción de las estructuras estatales, hecha posible por recobrar a su cargo el sector de la energía y por el alza espectacular del precio de los hidrocarburos. Los efectos no tardaron en manifestarse en la política exterior.

Se realizaron esfuerzos concretos para realzar el prestigio del aparato, como lo testimonia la decisión adoptada en 2002 de instituir un «día de los diplomáticos», cuya fecha, el 10 de febrero, coincide con la primera mención del «ministerio de embajadas» creada por Iván el Terrible en 1569. La analogía al tiempo y a la historia de los servidores del Estado se ha ampliado considerablemente. La rehabilitación de diversos símbolos no se limita al periodo comunista, sino que está sacada alegremente de la gloria del pasado zarista.

Por supuesto, las actividades del ministerio de Asuntos Exteriores permanecen claramente subordinadas al poder presidencial. En cambio, la desconfianza recíproca entre la presidencia y el aparato diplomático ha dado paso a una especie de simbiosis. Esta es particularmente palpable desde la toma de posesión del actual ministro, Serguéi Lavrov, el 9 de marzo de 2004. Este veterano diplomático ocupó durante diez años el cargo de embajador de Rusia ante las Naciones Unidas.

Esta simbiosis descansa en una nostalgia del poder soviético y en una profunda desilución con respecto a Occidente. La diplomacia soviética reconoce que la época mesiánica del régimen soviético está completamente superada y se contenta con soñar con un renacimiento de la civilización eslavófila y eurasiática a la vez. Ahora bien, si la Rusia postsoviética se resigna a no pretender cargar más con el destino de la humanidad, acepta mal que los Estados Unidos no hagan lo mismo.

La denuncia del excepcionalismo americano firmado por Putin en el New York Times [9], toca una cuerda sensible tanto en Moscú como en Washington, por razones diferentes. Hasta que este excepcionalismo no haya desaparecido, la resistencia a la unipolaridad del sistema internacional contemporáneo motivará la conducta de una política más activa en los foros internacionales donde Rusia puede ganar apoyos a su causa.

Piénsese en la Organización de Cooperación de Shanghai, que exige que el estacionamiento de tropas americanas en Asia Central no se prolongue más allá de su misión en Afganistán, pero también en el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur), muy interesado en la perspectiva de reducir el papel del dólar como patrón monetario internacional.

Más recientemente, en la cumbre del G20 de septiembre de 2013 en San Petersburgo, donde se ha visto a Rusia tomar la dirección de un amplio movimiento de oposición a la intervención unilateral americana en Oriente Próximo. En el rascacielos staliniano de la plaza de Smolensk, el acuerdo ruso-americano para el desarme químico de Siria calma un poco la nostalgia del aparato diplomático ruso. [10]

Yann Breault, doctor en ciencia política y profesor en la universidad de Québec, Montreal.

[1Leer: "Yo, presidente de Bolivia, secuestrado en Europa". Le Monde Diplomatique, agosto de 2013.

[2Patrick Wintour,»John Kerry gives Syria week to hand over chemical weapons or face attack", The Guardian, Londres, 10 de septiembre de 2013.

[3"The Caucasus and Russia’s Syria policy", The National Interest, Washington, 26 septiembre de 2013.

[4Organización creada en junio de 2001 y a la que se adhirieron China, Kazajastán, Kirguistán, Uzbekistán, Rusia y Tazhikistán. Entre los Estados obervadores figuran India, Irán y Pakistán.

[5Los Estados miembros son, además de Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajastán, Kirguistán y Tazhikistán.

[6South Stream es un proyecto de gasoducto que une a Rusia con Europa sorteando Ucrania. Nabucco deberá unir los campos gasísticos del mar Caspio con Europa.

[7Leer: Michael T. Klare: "El gran error de Washington", Le Monde diplomatique. octubre de 2013.

[8Material original: La Russie est de retour sur la scène internationale, edición francesa de Le Monde diplomatique, págs. 1-18-19, noviembre 2013.

[10Material original: Place de Smolensk, une élite entre nostalgie et ambition, edición francesa de Le Monde diplomatique, páginas 18-19, noviembre 2013.